por Moraima Mora
Sentada
en el parque vi a una niña llorar desconsoladamente porque había perdido algo.
Aquella muñeca pequeñita que sólo ella amaba, aquella muñeca con la que hablaba
y contaba sus aventuras por la vida, esa muñeca le daba consejos, la mimaba, la
hacía reír y a veces también lloraban juntas.
La
perdió en un inocente juego con otros niños cuando se reían al verla hablar con
ella, echó a correr abandonando la causa de su vergüenza y cuando al cabo de
los días sintió su falta y el vacío que en ella provocaba, regresó
desesperadamente a buscarla.
Su
muñeca se llamaba Inocencia, entre todas era la que ella más amaba y
no estaba dispuesta a perderla.
Buscaba
y buscaba entre la hierba, detrás de cada piedra y entre los arbustos de
espinos, no le importaba cuántas heridas le causaran...hasta que la encontró
entre las rosas de aquel parque, la recogió, la volvió a mimar y la guardó en
su corazón para siempre, allí donde sabía que jamás la volvería a perder, desde
allí se hablarían y desde allí llorarían juntas.
La
niña crecía, pero Inocencia no, no le hacía falta porque allí donde estaba
encontraba todo lo que necesitaba, porque su casa era muy limpia y pura, sólo
se alimentaba con los suspiros de la niña, no necesitaba más.
La
niña, Ángela, nunca fue una niña agraciada, era delgaducha, larguirucha,
tímida, quizás por miedo a que alguien le robara a su amiga de toda la vida o
quizás porque vivía en un mundo de fantasías y del cual se negaba a salir.
Ángela
se emocionaba con aquellas películas donde los amores prohibidos eran
finalmente bendecidos porque eran amores en los que ella era capaz de ver la
Inocencia que llevaban en sus corazones como ella misma lo había decidido
hacer.
La
niña de mi cuento se enamoró muchas veces y muchas veces le dolió su amor no correspondido,
muchas veces se cuestionó si debía o no abandonar a su muñeca para que nadie
pudiera jamás lastimarla, pero ella se negó, ya sabía que el dolor de perder a
Inocencia era más grande que el dolor de encontrarla.
Ángela
amó, no se cuestionó si sería o no correspondida, ella la única pérdida que no
quería era la de su pequeña muñeca Inocencia, porque ella le daba todos los
días una nueva vida.
Mi
niña no era egoísta, aprendió a compartir su pequeño tesoro, aprendió que con
cada suspiro suyo, Inocencia también amaba, aprendió a hacer el amor, aprendió
que si daba su aliento en un momento preciso de su éxtasis compartía con otros
su pequeña joya y supo que así ayudaría a alimentar el corazón de otros que
habían olvidado su Inocencia.


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